TOTI, EL GALLITO
DE LAS ROCAS
Toti era un simpático gallito.
Vivía en el valle del kosñipata, al sur del parque del manu, siendo un hermoso
ejemplar que pronto debía encontrar pareja.
Se alimentaba de frutos que
solo podía conseguir en los puntos más peligrosos de la selva. Estaba
aprendiendo a danzar, igual como sus amiguitos con los que volaba en grupos de
juvenil alegría.
Se levantaba antes del alba y
– junto a su nido – iniciaba su práctica de danza, silbando las melodías que
iban a cautivar a su amada, pero que a esa hora molestaban a los monos
holgazanes o a la anaconda que aun roncaba su largo sueño. Al atardecer acudía
a la sala de baile, esperando su turno para mostrar a las gallitas su danza
acrobática.
Pero una tarde lo distrajo
algo extraño. Sintió que algo lo apuntaba; curioso, se acercó más y … ¡zas! De
pronto se vio aprisionado entre unas redes.
Canto tristemente y aleteo,
pero estaba inmovilizado. Se sintió transportado por tierra y luego elevo como
jamás había volado. Allí dormito, anhelando que fuese una pesadilla, pero su
despertar fue más doloroso aún. Atrapado en una jaula, era exhibido en un
mercado, donde gente agresiva y bullera le miraba curiosa. Sufrió mucho, hasta
que un señor decidió comprarlo. “¿Por qué no danzas para mí, lindo gallito?”,
le decía todas las mañanas y Toti le respondía soltando sus lágrimas de
cautiverio.
Una mañana, el buen hombre le
abrió las puertas de la jaula, pero toti no dio ni un paso. “¿a dónde iría?”,
pareció decirle con sus ojitos. Días después, todo oscureció de pronto,
sintiéndose elevado como la vez anterior. Y al ver de nuevo el sol su corazón
dio un brinco. ¡estaba en la selva! Y ahora era el hombre quien lloraba: “No sé
dónde vivirás – le dijo -, pero te dejo libre, noble gallito”. Toti acerco el
piquito hasta su mejilla y se elevó hasta el cielo. El sabría volver a casa.
Allí sus padres y una linda gallita lo estaban esperando.










